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lunes, 21 de octubre de 2013

La virtud de las palabras.

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Tengo los ojos abiertos y aun así parece que todavía mantengo mis párpados cerrados. Lo único que me rodea es oscuridad, una negrura densa que repta por todas partes inundándolo todo. De vez en cuando me llega algún pitido lejano, intermitente, descarriado, indicándome que todavía, y muy a mi pesar, estoy anclado a la vida de allá arriba. Aquí se está bien pese a la falta de luz, no hay dolor, ni sufrimiento, ni tristeza, ni alegría, ni nada. Reina el silencio, el silencio del sepulcro al que me encamino, el silencio de la muerte que avanza inexorablemente hacia mí. Mi mente se ha parado y los pensamientos ya no fluyen con claridad, los recuerdos se desvanecen lentamente mientras en algún lugar, muy lejano ya, mi cuerpo descansa sobre una cama de hospital atendido continuamente por médicos que no encuentran una solución a mi estado y que observan como, poco a poco, me voy desvaneciendo. Antes, cuando todo este proceso de decrepitud comenzó, me aferraba fuertemente a la vida, luchando cada día por despertar y viendo mis intentos frustrados una y otra vez, escuchando, con más claridad que ahora, todos esos ruidos mecánicos que no hacían sino darme fuerzas para seguir intentándolo. Pero llegó un momento en que eso no era suficiente, me cansé, sí, simplemente me cansé de pelear. Aceptar mi destino y resignarme me pareció la opción más acertada y poco a poco fui notando como me alejaba de la existencia terrenal para hundirme cada vez más en la oscuridad. Ahora simplemente espero cruzado de brazos, metafísicamente hablando por supuesto, flotando en esta espesura, aguardando la llegada de aquel mítico esqueleto con guadaña que me cruce al otro lado de la laguna Estigia.

Y aquí me encuentro, sin nada que hacer, sin nada que ver, sin nada que sentir. Los pitidos se van apagando, cada vez suenan menos. Las voces de los médicos se ahogan lacónicamente y yo mismo voy perdiendo consistencia. Me siento arrastrado por una fuerza invisible hacia algún lugar, succionado sin remedio como un vulgar trapo sucio ¿Será esto lo que llevo esperando tanto tiempo? ¿Ha llegado mi hora por fin? Las tinieblas que me rodean van cogiendo forma y me sorprendo al comprobar que reconozco esas figuras aunque hace mucho tiempo que no las veo: un árbol, un banco desconchado y sin pintar, hojas secas en un suelo de tierra… Y de pronto lo oigo: “Sé fuerte”. La voz suena clara, limpia, sin interferencias. Suena milagrosa para mis oídos. “Recuerda el día en que nos conocimos”.  Me resulta familiar el tono, la cadencia hasta las pausas. “No puedes dejar que esto te supere”. ‘¡Anne! ¡Oh Dios mío es Anne! ¡Es ella sin duda! Y rápidamente, como movido por un remolino de aguas turbulentas, aparezco sentado en ese banco de aspecto desvencijado observando el sinuoso camino que se adentra en los árboles. Y precisamente por ese camino aparece, como tantos años atrás, una silueta de mujer que camina tranquilamente justo hacia donde yo estoy. “Te quiero”. Y las palabras, que resuenan por todo el onírico paisaje, me levantan de mi asiento. “No puedo perderte”. Doy un paso hacia aquella chica de veinte años. “Por favor, sé fuerte”. Miro su rostro, la reconozco, reconozco el momento. Ahora ella me hablará, me preguntará que si vengo habitualmente a pasear aquí. “Crhistian, por favor”. De pronto comienza a llover, esto no lo recuerdo. Las gotas de lluvia caen sobre mi cuerpo como lágrimas…como lágrimas…


Y ella desaparece, el recuerdo cambia y un muro se materializa justo enfrente de mí. Es de ladrillo visto y en él hay una ventana de madera cerrada a cal y canto. Me quedo parado, sin saber qué hacer, la lluvia mojándome el pelo, recorriendo mi rostro…inmediatamente tomo conciencia de que tengo que avanzar. Doy un paso y el figurado Sol parece perder intensidad. Otro paso más y los colores se van perdiendo. Agarro el tirador de una de las batientes y todo se vuelve negro otra vez. Tiro de él y cuando la ventana se abre una intensa luz lo inunda todo. Un fogonazo de energía me impacta y siento un dolor intenso que mengua rápidamente. Oigo pasos nerviosos, voces dormidas que despiertan en mi cabeza. Los pitidos chillan en mi oído y cuando abro los ojos me encuentro ante  caras sorprendidas que me miran fijamente. Y a mi lado, llorando junto a mi hombro, la mujer cuyas palabras me han despertado.

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